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Europa y los refugiados de Libia


El pasado viernes, llegaron a la isla italiana de Lampedusa cuatro embarcaciones procedentes de Libia con 1.042 personas a bordo, entre ellos 122 mujeres la mayoría embarazadas y 33 menores de edad.

Conocemos la historia de algunos de estos subsaharianos que, en su mayoría, comenzaron un viaje terrorífico hace años, que ahora huyen de de una muerte más que probable en Libia y no encuentran refugio en Europa.

Publicado en www.periodismohumano.com
11.07.2011 · Bostjan Videmsek · Fotos: Jure Erzen


Vergüenza
“Mira, la única diferencia entre tú y yo es que tú posees un pasaporte europeo, y yo poseo un pasaporte de Eritrea. Tú tuviste la suerte de nacer en Europa, yo tuve la poca suerte de nacer en África. A los dos nos encanta la vida. A los dos nos gusta pasarlo bien. Nos interesan las mismas cosas, pero yo no puedo permitírmelas. Esto no es cuestión de metafísica ni de alta política. Es simplemente azar”. Es la opinión de Tareke Brhane, expresada en el soleado balcón de un café en el centro de Lampedusa. Tareke tiene 28 años, lleva un peinado afro impresionante y es historia viva de las migraciones africanas modernas hacia Europa. Es una autoridad suprema en cuanto a la actitud de la fortaleza europea respecto a las almas itinerantes que han tenido la poca suerte de nacer fuera de sus fronteras.

Su padre murió en 2001 peleando en la lucha de Eritrea por la independencia de Etiopía. Tareke, con su madre y su hermano menor, se quedó sin dinero y sin futuro. Tras obtener la independencia, Eritrea se convirtió en un Estado altamente militarizado, en el cual una gran parte de la población masculina debe ingresar en el Ejército durante la mayor parte de su vida.

“Vinieron y me reclutaron”, dice Tareke. “Yo era uno de los que iba a tener que estar en el Ejército durante toda mi vida activa. Así que decidí escaparme. Es normal, ¿no? ¡¿Estarías dispuesto a pasar tu vida en barracones apestosos, tirar tu vida para servir al Estado?! Como mi deserción podía ser extremadamente dañina para mi madre y mi hermano, nos fuimos juntos. Fue en 2005”.

Su objetivo básico era llegar a Europa. Lo primero fue buscar a unos traficantes de personas, a los que no fue difícil encontrar. Era bien sabido que la forma más fácil de llegar al continente dorado era a través de Libia. Pero pronto la familia fue obligada a separarse. La madre partió hacia Sudán, mientras Tareke y su hermano pasaron semanas cruzando el desierto del Sáhara para llegar a Libia. “Nos subieron a un Land Rover viejísimo”, recuerda Tareke. “Éramos muchísimos. Los traficantes echaron gasolina en nuestro bidón de agua para que bebiéramos lo mínimo posible. Desde luego fue una experiencia de pesadilla. Nos estábamos muriendo de hambre, y algunos de mis compañeros simplemente desistieron. A los que estaban demasiado débiles les tiraban del jeep y les dejaban morir en medio del desierto. Se les consideraba una carga, nada más. No podíamos hacer nada. Los traficantes iba bien armados”.



Una lancha de la guardia costera con inmigrantes subsaharianos procedentes de Libia llega a Lampedusa el 25 de mayo de 2011

La cadena del mal
Cuando Tareke y su hermano por fin llegaron a Libia, los traficantes les vendieron inmediatamente a otra banda criminal. “Fue un ejemplo clásico de esclavitud. Una vez que estas en manos de los traficantes, no eres más que una fuente de ingresos. En cuanto nos subimos a ese jeep, sacrificamos nuestra dignidad e incluso la mayor parte de nuestra identidad. Pero estaba preparado para eso. Asumí los riesgos, por el anhelo que tenía de poder vivir en libertad algún día, a cualquier precio”.

Tareke tuvo la suerte de mantenerse con fuerzas. Al final encontró refugio en Lampedusa –una pequeña isla italiana a sólo 100 kilómetros de la costa africana–. Durante los últimos meses ha estado trabajando aquí como voluntario con la organización humanitaria Save the Children. Su viaje hacia la libertad ha estado lleno de obstáculos brutales y aún no está ni cerca de acabar. Su permiso de residencia sólo es válido para lo que queda de 2011. No quiere pensar en lo que pasará después.

“En cuanto llegamos a Trípoli nos convertimos en propiedad de criminales libios”. Tareke sigue: “Nos pegaban continuamente. Nos obligaban a hacer todo tipo de tareas para ellos. Nos humillaban a cada momento. Libia está llena de racismo, ¿sabes? A los africanos de piel oscura se nos ve como si no tuviéramos ningún valor. Se nos trata mucho peor que a los animales. Siempre ha sido así. ¿Sabes todas esas historias sobre las violaciones y asesinatos de africanos en Libia que estás escuchando ahora? Bien, pues en 2005 eso era mi día a día. Era algo horrible, no se puede expresar con palabras”. En resumen, el hecho era que Tareke y su grupo de compañeros en busca de la libertad eran esclavos muy rentables. Había una chica de 15 años viajando con ellos y los traficantes la violaban y pegaban constantemente. Tras unos meses infernales, Tareke se las arregló para conseguir un pasaje en uno de los innumerables barcos de pesca que iban hacia Lampedusa. Fue en 2006, dos años antes de que el coronel Muamar Gadafi y Silvio Berlusconi firmaran su “tratado de amistad”, un pacto por valor de cinco billones de dólares que obligaba al sanguinario coronel a aplicar mano dura contra la emigración en los 2000 kilómetros de costa Libia.

Tras menos de un día de viaje, el motor del barco de Tareke se averió. Como al menos la mitad de las embarcaciones utilizadas, era vieja, decrépita. La destartalada y, peligrosamente, sobrecargada barcaza se había quedado a la deriva en alta mar. Los teléfonos móviles no funcionaban, así que la tripulación no tenía forma de contactar con quien pudiera ir a rescatarles.

Como cada centímetro cuadrado de espacio costaba dinero a los traficantes, a Tareke y sus compañeros les habían prohibido llevar agua o comida. Las noches eran frías y ventosas. Los días, abrasadores. Muchos de los que viajaban con Tareke cayeron enfermos. Algunos se derrumbaron y desistieron. “Tras muchos días interminables, francamente no me acuerdo de cuántos, vimos la bandera de la Guardia Costera de Malta. La poca energía que nos quedaba la gastamos en gritar de alegría y agitar las manos. Cuando se acercaron a nosotros estábamos tremendamente felices. Pensábamos que estábamos salvados. Pero al poco tiempo nos pasaron al barco libio que volvía a Trípoli. Nos traicionaron. Rompieron todos los acuerdos y reglas. Pero desde luego no éramos los únicos a los que les había pasado. De hecho, pasaba continuamente”.

La experiencia de Tareke concuerda de forma escalofriante con lo que pasó hace unas semanas, cuando alrededor de 800 refugiados africanos se ahogaron muy cerca de la costa libia. El motor de su barco se averió también. Mientras los migrantes sufrían, estaban siendo monitorizados por helicópteros de la OTAN que pasaban por ahí. También se les vio en todos los radares de guardacostas mediterráneos, pero nadie fue a ayudarles.

Esas ochocientas almas escapaban de la violencia y la pobreza de África, pero murieron por la indiferencia europea.


Un barco estropeado en la orilla de Lampedusa. Alrededor, ropa, zapatos y pertenencias de los inmigrantes que viajaban en él (Jure Erzen)

Refugiados, no inmigrantes ilegales

Cuando estalló la guerra civil en Libia, los africanos de piel oscura quedaron atrapados en el fuego cruzado. No sólo eso: el régimen de Gadafi se dedicó a reclutarlos para sus milicias armadas. Los que se negaron acabaron en la cárcel o ejecutados inmediatamente. Los que optaron por luchar fueron enviados al campo de batalla, donde fueron tratados como carne de cañón. La zona este y la rebelde muestra un odio especial hasta estos refugiados reclutados para colaborar con el régimen. Hace unas semanas, los insurgentes libaneses de Adyabija Bengasi nos contaban que la mayoría de cadáveres encontrados tras los enfrentamientos pertenecían a africanos subsaharianos.

No es sorprendente que estos individuos, con traumas severos, estén ahora aún más ansiosos por huir de Libia. Según nuestras fuentes, aún quedan mínimo 75.000 en el país. Su objetivo es escapar con vida. Están dispuestos a intentarlo con casi cualquier destino, y no sólo Europa, que se dice que es imposible de alcanzar salvo a través de Trípoli.

Tras la “traición maltesa”, Tareke Bhrane y sus compañeros de penurias fueron devueltos a Libia en un barco de mercancías. Llegaron al puerto de Misrata, que posteriormente se convirtió en el escenario de algunos de los combates más atroces de la guerra civil.

“Estábamos extenuados y muertos de miedo”, recuerda Tareke. “Inmediatamente nos metieron en la cárcel. Cualquiera que se atreviera a hacer algún ruido era brutalmente apaleado por los libios. Al principio había otras veinte personas conmigo en la celda. Era insoportable. Apenas nos daban comida. Nos pegaban palizas continuamente. Algunos fueron torturados y nuestras mujeres sufrían violaciones en grupo”.

Pasados tres meses, Tareke fue trasladado a la tristemente célebre prisión de Kufra, en Trípoli. La situación allí era aún peor: “Los guardas nos ataban las manos y nos ponían contra la pared. Yo estaba seguro de que nos iban a disparar, pero sólo nos pegaban. Éramos 78 hombres hacinados en una celda sin ventanas. El único váter que teníamos no funcionaba. Era un auténtico infierno. Dormíamos en el suelo, apilados unos encima de los otros. En cualquier momento, los guardas podía entrar y empezar a golpearnos con barras de hierro”.

Durante los últimos seis meses, Tareke ha estado cuidando a los refugiados en el centro para inmigrantes de Lampedusa. Cada vez llegan más. Este año, unos 33.000 seres humanos han llegado a la isla. Según la Ley, a todos aquellos que vengan de la Libia devastada por la guerra se les debe conceder automáticamente la condición de refugiados. Pero eso no sucede. Las fronteras externas de la fortaleza europea llevan años selladas; las internas se están desenterrando en este mismo momento, desde que países como Dinamarca o Alemania anunciaron que suspendían temporalmente la ley Schengen.
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